- Caminar descalzo, sintiendo el frescor de la hierba produce un efecto similar a un buen masaje de pies, libera los bloqueos energéticos y relaja los músculos de todo el cuerpo.

- Tocar la tierra con las manos, ensuciándose sin complejos, es una actividad liberadora de las convenciones sociales, nos aleja de la rigidez y permite que fluya la energía vital del planeta a través del cuerpo. No hay que tenerle miedo a la tierra, es fuente de vida y la piel de nuestro planeta.
- Subir a un árbol rememorando las tardes de verano de la niñez puede ser una experiencia muy estimulante que pone en contacto la psique adulta con el niño que aún habita en nuestro interior.
- Recolectar fruta de los árboles y comerla al momento como el ser humano ha hecho desde el principio de los tiempos es un placer incomparable. No en vano nuestra dieta ancestral se componía de frutas, hojas y bayas. Recolectar frutos despierta recuerdos olvidados de la memoria de la especie.
- Meditar sobre una roca ofrece una perspectiva distinta del jardín. El contacto con la piedra en lugar de la hierba puede modificar el modo en que percibimos la meditación, nos pone en contacto con las entrañas de la tierra.

- Compartir el jardín con otros seres vivos y no solo con amigos. Un estanque con carpas de colores es un gozo para la vista, un comedero o bebedero para pájaros atrae aves que además de cantar comerán moscas y mosquitos.
- Tumbarse sobre la hierba, respirando lentamente y dejando que la brisa y el calor del sol acaricien la piel. Con un poco de imaginación es fácil sentirse hierba, árbol o piedra, meditar sobre el ser, el tiempo y la interconexión entre todas las cosas y todos los seres.
