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El actor paranaense Mauricio Dayub ganó el premio ACE de Oro

El actor paranaense ganó el ACE al Mejor actor en obra para un solo personaje y recibió el mayor de los honores de la noche: el ACE de Oro.

Por: Gustavo Lladós
La Nación

Es uno de los mejores actores de su generación. Oriundo de Entre Ríos y formado en la escuela interpretativa del gran Carlos Gandolfo, trabajó mucho en cine y televisión, pero sin duda su espacio de mayor desarrollo y reconocimiento ha sido y es el teatro. Si bien en 1994 se alzó con el premio ACE a la Revelación por sus labores en Compañero del alma y A lo loco, el espaldarazo le llegaría en 1997 con El amateur, una obra de su autoría (que también contó con un ACE), que se mantuvo por varias temporadas en la escena independiente. Después, en el 2011, conoció las mieles del éxito popular al integrar el elenco de Toc Toc, la comedia con tintes psicoanalíticos que se mantuvo por nueve años en la calle Corrientes (y que le grangeó otro ACE, esta vez como Mejor actor protagónico de comedia).

Hoy, finalmente, Mauricio Dayub es protagonista de un fenómeno peculiar: El equilibrista, el unipersonal que ideó en base a su propia historia familiar, la de su abuelo italiano que le inculcó la frase que le cambiaría su vida, «el mundo es de los que se animan a perder el equilibrio», y la de su abuela, que tantas lágrimas provoca hacia el final entre los espectadores. Luego de agotar durante meses sus tres funciones semanales en su propia sala, la del Chacarerean Teatre, de Palermo, el 15 arribará al teatro céntrico El Nacional para festejar con todo ( mapping con imágenes de Milo Locket incluido) la función número 100 (con un bis ya programado, por localidades agotadas, para el 22). Por este espectáculo, que ya se vislumbra de larga vida (en el verano tendrá tanto funciones en Buenos Aires como en Mar del Plata), ayer ganó el ACE al Mejor actor en obra para un solo personaje y recibió el mayor de los honores de la noche: el ACE de Oro.»Yo empecé sin tener nada y ayer sentí que lo tenía todo. Esto es lo que quiero dejarles bien en claro a los que recién comienzan, que confíen en que, como a mí, algún día les puede tocar; que sigan su camino, que no se aparten de él por nada del mundo. Cuando dijeron mi nombre no lo podía creer, pero lo que más me impactó fue el reconocimiento de los colegas que se levantaron para ovacionarme. Sentí que todos se alegraban y esto me dio tranquilidad. Me dije: ¡entonces me lo merezco! Y sentí que así se cerraba todo un arco de vida y trabajo, se me cruzaron mis comienzos como actor en Santa Fe, los amigos que me fueron a despedir a la terminal, mi llegada a la Capital, todos flashes de un largo y arduo derrotero», enumera el actor aún emocionado, a pocas horas de haber sido galardonado.

Al borde de los 60 y en la antesala de un 2020 que lo verá pletórico de trabajo y estrenos (será protagonista de un film de Netflix, El cuaderno de Nippur, junto a Valeria Bertuccelli y Esteban Lamothe; interpretará al papá de Claudia Maradona en Sueño bendito, la serie sobre Maradona para Amazon, y dirigirá a Adrián Suar y Diego Peretti en la comedia teatral Inmaduros), Mauricio no puede más que agradecer: «Hoy no puedo más de felicidad, me explota el corazón».

-En días más festejás las 100 primeras funciones de El equilibrista. ¿Qué sentís? ¿Pensabas que ibas a llegar a tanto? ¿Cuáles eran tus expectativas?

-Empecé haciendo cuatro funciones por mes porque creía que estaba haciendo un espectáculo para mí y unos pocos más. Yo hacía de miércoles a domingos Toc Toc, desde hacía nueve años y la normativa general decía que había que hacer humor, que la gente sólo quería divertirse y reír para olvidarse de la realidad; y con El equilibrista me di cuenta que estaba haciendo un espectáculo divertido, sí, pero que no soslayaba los grandes temas, que hablaba de la juventud pero también de la finitud de la vida, que hablaba de los lazos familiares y de lo que nos lega la sangre, de los tíos y de los abuelos, y también de las frustraciones de la vida. Yo creo que el espectáculo conmueve porque el público se ve a sí mismo y ve también a los que ama arriba del escenario. Me costó entender la atracción del público tan inmediata. Fijate que pasé de hacer esas únicas cuatro funciones mensuales a 20. Yo sólo hacía función de El equilibrista los martes, y en cuanto terminó Toc Toc agregué primero los lunes y luego los viernes. Y enseguida me empezaron a llamar para salir de gira, todo esto hasta llegar ahora a las 100 funciones. Fue algo absolutamente inesperado.

-Al principio ofreciste devolverle el dinero a los espectadores que no salieran satisfechos del espectáculo. ¿Fue un recurso publicitario?

-Fue una promoción que me podría haber salido mal, pero por suerte nadie, hasta ahora, ha pedido el dinero. De todos modos, al concluir el espectáculo salgo inmediatamente al hall, y recibo las devoluciones del público, que son maravillosas. De vez en cuando me topo con un contingente que en broma me dice «somos 32 y queremos que nos devuelvan el dinero» o, todo lo contrario: «Estamos tan conformes que queremos pagar el doble». Así se fue generando un juego con el público que también forma parte del espectáculo. A esta altura ya parece un casamiento, yo espero en el atrio y la gente emocionada me dice lo que vivió y sintió durante la hora que dura El equilibrista y hasta me pide fotos.

-¿Cuál fue el mayor elogio que recibiste de un espectador?

-Ahora recuerdo uno específicamente. Una señora me dijo: «El espectáculo empieza a gotear de a poco, uno empieza a sentir una emoción que va creciendo y creciendo hasta que llega un momento en que no podés dejar de sentir algo de lo que está pasando arriba del escenario». Y sí, es algo así, El equilibrista tiene momentos en que la emoción es contenida, pero a la quinta vez ya no das más y estallás.

-Bueno… no es casualidad que la emoción alcance su mayor punto en el quinto y último segmento del espectáculo, cuando vos relatás una historia muy personal: la de tu abuela italiana que emigró a la Argentina y la del verdadero motivo de su distanciamiento de la familia de origen.

-Sí, lo sé. Esa historia nació casi de casualidad, con un viaje, que marcó mi vida y la de toda mi familia. Lo sorprendente es que ahora repercute también en el público. A finales de los ´80 viajé a Yugoslavia a filmar El camino del sur, una película de Juan Bautista Stagnaro. Pero como llovía copiosamente y mis escenas tenían que ser rodadas en exteriores, me dieron dos días libres hasta que parase la lluvia. Ahí tuve la idea de sacarme un pasaje e irme a Italia a visitar el pueblo de mi abuela (Manfredonia, en la provincia de Foggia), sin ninguna dirección exacta a la que ir a golpear la puerta ya que ella me había dicho que no quedaban familiares. Como los horarios de los vuelos no me coincidían me fui y volví en tren, siete horas de ida y tantas otras de vuelta, evidentemente había algo que me impulsaba a hacer el viaje más allá de los escollos. Cuando llegué al pueblo me acordé de un dato: mi mamá, que se vino con mi abuela a los 4 años, siempre decía que jugaba muy cerquita del campanile (una torre de piedra con un reloj arriba) y que por ahí vivían. Empecé a golpear en varias casas y me hacían entrar con muchísima alegría, todos pensaban que era un familiar que venía de la América. Pero luego, cuando me lograban entender (ya que yo no hablaba italiano) se desilusionaban un poco, pero igualmente me invitaban a tomar algo o a cenar. Hasta que a uno se le ocurrió llamar a alguien que podía llegar a conocer mi apellido. De golpe un hombre me vino a buscar y me hizo entrar a una casa, donde había como 15 personas esperándome: ahí empecé a reconocer en esos rostros el parecido con mi tío albañil y mi tío pintor, de Entre Ríos. Sin dudas eran la familia que estaba buscando, pero el plato fuerte fue la aparición de la hermana de mi abuela, a la que habían ido a buscar a misa. Fue tal la emoción y el abrazo que me dió… habían pasado 55 años desde que mi abuela se había ido de ese pueblo, ellos no sabían nada de ella, habían querido comunicarse infinidad de veces pero mi abuela nunca quiso contestarles…

-Decir algo más sería spoilear el final de El equilibrista y retacearle la emoción al público. ¿Cómo fue la génesis del unipersonal? ¿Cuál fue el puntapié que disparó el proyecto?

-Empecé a sentir que el teatro se estaba adulterando, que si la gente no sabía cómo era el sabor original del orégano cualquier pastito verde que le pusiéramos a la pizza pasaba por tal. Yo me inicié en el mundo de la actuación con una frase que me dijo un profesor: el actor es un alfabetizador de la percepción. Y a eso quería volver, yo sentía que los artistas estábamos disminuyendo la posibilidad de subirle la vara al espectador en cuanto a la percepción. Yo tenía ganas de hacer el teatro que tenías ganas de ver. No quería que nadie me dijera ni contara nada arriba del escenario, ni me mostrara algo sino que me lo hiciera imaginar. Por eso en El equilibrista aparece la cola de un perro y no un perro completo, y en vez de incluir una cancha de fútbol surge el color verde de fondo; todo está sugerido, nada está completo. La idea no es darle la historia completa al espectador sino abierta para que él la cierre. Por eso la gente logra ver a sus familiares a través de los míos. Este espectáculo habla de cómo fue el pasado pero te deja la sensación de cómo hay que vivir el presente, con el ímpetu con el que hay que salir a la calle y decir: yo me tengo que animar a perder el equilibrio, porque, parafraseando a mi abuelo, el mundo es de los que se animan a perder el equilibrio.

-¿Por qué te quedó tan marcada esa frase?

-Porque me había pegado muy fuerte entre los 18 y los 20 años. A mí me elogiaban mucho por todo lo contrario: yo era muy equilibrado, muy ecuánime, muy moderado. Y me di cuenta que prácticamente estaba viviendo para recibir esos elogios, haciendo lo que no me gustaba. Yo era como no quería ser, tenía reprimida mi vocación. Yo estudiaba la carrera universitaria que querían mis padres, Ciencias Económicas, vivía en la ciudad del interior que no me interesaba, pero donde se podía cursar esa carrera, y estaba lejos de mis amigos. Era muy elogiado por educadito, pero porque me había acostumbrado a hacer todo lo que no me gustaba. Si bien el objetivo de mi padre era loable, darme una carrera, yo no tenía capacidad ni vocación para ser contador y fue entonces que tuve que animarme a perder el equilibrio para seguir a mi corazón y dejar a un lado los mandatos familiares.

¿Fue alto el costo?

-Bueno… cuando yo llegué a Buenos Aires no conocía a nadie. Viví en distintas pensiones de Constitución, trabajé como pintor de departamentos y vendí de todo en colectivos. Era una época dura, todavía no estábamos en democracia, pero igualmente era feliz, estudiaba con Carlos Gandolfo, y si bien mis compañeros se acostaban a la hora en que yo debía levantarme para trabajar, sabía que estaba recorriendo el camino elegido. Después, para que me empiecen a conocer en el medio -ya que aquí no tenía ningún contacto-, empecé a hacer un unipersonal que me había traído de Corrientes: Amarillo sol, con textos de Humberto Costantini, que lo hacía en la sala Adán Buenos Aires, a las dos y media de la mañana, después del recital de Los Trovadores. O sea que cuando yo subía al escenario la mayoría del público ya se había ido o, los que quedaban, estaban borrachos.

-Siempre fuiste un mimado de los ACE. En 1994 ganaste el de Revelación, en 1997 el de Autor de obra argentina, en 2011 el de Actor protagónico de comedia y ahora, 25 años después del primer reconocimiento, el de Actor para obra de un solo personaje y el de Oro. ¿Cuán importante han sido los premios en tu carrera?

-Yo tengo un recuerdo imborrable. Sentí por primera vez que existía cuando gané el ACE a la Revelación. Ni el documento de identidad me daba la seguridad de que era alguien que podía hacer algo. Tengo la sensación de que vengo como muy abajo en esto, tal vez porque vengo de lejos, de una provincia, porque soy de perfil bajo y siempre me decían que necesitaba contactos (por eso hoy mi productora se llama Sin contactos Producciones, de tanto que me insistían con el tema). Y yo me decía: ¿qué voy a hacer, esperar a alguien en la puerta de su casa, tocarle el timbre para pedirle un trabajo? No me nacía, no lo podía hacer.

-Tal vez lo que te jugó en contra es que nunca cumpliste con el prototipo físico de galán. En general los actores de tu generación obtuvieron el éxito desarrollando ese rol en la televisión, como carilindos, y luego pasaron a desarrollar otros tipo de roles en el cine y el teatro.

-Sí, eso lo viví siempre y me tiraba para atrás. Yo veía que las carreras de otros iban por el ascensor y la mía iba por la escalera, pero ahora yo agradezco eso porque me fortaleció mucho. Me permitió no tenerle temor a ningún rubro del teatro. Yo no soy director y puedo dirigir porque adquirí conocimientos trabajando. Asimismo puedo imaginar una escenografía o un vestuario, no le temo a ningún rol. Por eso desde hace un tiempo soy socio de AAA (Asociación Argentina de Actores), de AADET (Asociación Argentina de Empresarios Teatrales), de ARTEI (Asociación Argentina del Teatro Independiente), de SAGAI (Sociedad Argentina de Gestión de Actores Intérpretes) y de Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina), soy socio de todos los rubros del teatro porque fui incursionando en ellos por necesidad; porque nadie iba a escribir la obra que necesitaba, así que la tuve que escribir; porque nadie me iba a producir un espectáculo, así que lo tuve que producir yo.

-Digamos que nadie te regaló nada…

-Yo a lo que más le agradezco es a lo que no tuve, yo no tenía nada, yo tuve que agrandar mi deseo para convertirme en lo que me hace feliz; y yo tuve mucho pero mucho deseo porque a mí nadie me daba nada. Yo iba a los teatros y veía cómo se saludaban los actores, con abrazos y besos, y a mí me miraban y simplemente me decían: «hola». Yo no le interesaba a nadie, tal vez porque era provinciano o porque no sabía hablar inglés o simplemente por mi cara, no sé, no le interesaba a nadie. Si el medio hubiese sido grato conmigo y me hubieran ofrecido cosas desde un principio tal vez no sería el que soy. Yo soy el que soy porque me di cuenta a tiempo que la vida no tenía nada preparado para mí y entonces traté de sorprenderla.

-Si bien aún se recuerda, entre otros, tu divertido personaje en la tira diaria Guapas, tus grandes éxitos han sido siempre en el teatro. ¿No creés que a esta altura la televisión te debe un protagónico?

-Me encantaría porque me gusta mucho hacer tele, pero no siento que me deba nada; de hecho la tele me permitió hacer el teatro que me gustaba. Yo pude producir mis obras porque trabajaba en la tele. Yo veía que otros actores invertían lo que ganaban en la tele en cosas personales, y yo lo perdía produciendo teatro. Yo me iba a comprar mi primer departamento luego de trabajar siete años seguidos en la tele, tenía 37 años y quería dejar de alquilar. ¿Y qué hice? Produje El amateur y no lo pude hacer. Todo el mundo me dijo que estaba loco. Sin embargo, luego El amateur me dio mucho más. Siempre tuve la estrategia de perder para ganar.

-Y en el terreno personal, ¿sos también arriesgado y le rehuís al equilibrio o buscás más bien lo contrario?

-Es interesante lo que preguntás… porque aún mantengo eso que tenía de chico de ser ordenado, organizado. De hecho yo hice todo tarde: me decidí a ser actor a los 23, formé mi pareja a los 40, tuve mi hijo recién a los 53. Me tomé demasiado tiempo para todo, siempre. Porque soy muy reflexivo, porque todo lo quiero de un modo especial. Nunca quise ir para donde me llevara el viento, siempre quiero ir del modo que quiero y esto es lo que me emociona ahora de mi presente: cómo fui llegando hasta dónde yo quería realmente; en el camino hubo tantas posibilidades y ofertas diferentes… Me digo: con qué extraña intuición fui eligiendo el camino que me dejase en la parada del colectivo que yo quería, me podría haber tomado cualquiera en las condiciones en que yo estaba, ¿y después cómo se vuelve? Esto me da una felicidad enorme. En definitiva, como actor trato de hacer lo que no me animo a hacer en la vida, soy mucho más arriesgado; y en lo personal soy mucho más cuidadoso y reflexivo, estoy más atento a las consecuencias; de hecho creo que me he podido desarrollar más como actor que como persona. Mi desarrollo como persona aún es un objetivo a cumplir.

Sobre Paula Siero, su mujer: «Mi amor por ella compite con el teatro, ella se lo banca y así somos felices» Fuente: Archivo – Crédito: Gerardo Viercovich

-¿Cuán importante es tu mujer Paula Siero (recordada modelo y actriz, hoy dedicada al cine como guionista y directora) en la aceptación y el acompañamiento de las decisiones arriesgadas y en la obtención del éxito?

-Mucho. Hemos pautado que yo pueda trabajar como trabajo y dedicarle tanto tiempo al teatro y a mi carrera. Ahora que han pasado los años y se ha comprobado que mi estrategia rara, la de perder para ganar, funciona, tengo un poco más de carta blanca, pero al principio… Hace ya 20 años que estamos juntos y los primeros años fueron duros, había que creer y acompañar y Paula lo hizo. Y en los últimos años, desde que tuvimos nuestro hijo, Paula es sin dudas la columna vertebral de la familia y se ocupa como nadie de la educación de Rafael. Ella tuvo que tomar una decisión con respecto a qué lugar ocupaba su profesión y al hacerlo me habilitó a trabajar más a mí. Mi reconocimiento es infinito porque yo siempre digo: no se puede amar a alguien que ama a otra cosa. Y yo amo al teatro. Ella lo acepta y me quiere igual. Mi amor por ella compite con el teatro, se lo banca y así somos felices.

¿Ser padre en plena madurez fue una casualidad o se trató de un hijo muy buscado?

-Yo creía que no me faltaba nada y cuando llegó mi hijo me di cuenta que me faltaba lo principal, pero yo no lo sabía. Yo le decía a Paula: «Estamos bien, tenemos todo, somos felices». Pero hay algo que tiene un hijo… que no conocías y que a partir de que lo conocés decís: «¡Cómo me lo estaba perdiendo!». De todos modos un hijo te acerca a otra medida de la felicidad pero también a otra de una responsabilidad terrible, que es para toda la vida. Yo cada vez que pienso que soy responsable de la vida de él quisiera no tener esa responsabilidad, quisiera volver a la tranquilidad anterior; pero cuando en el otro lado de la balanza está ese amor que te surge de un modo impensado todo se equilibra.

-¿Cómo es la relación con Rafael? Siempre se ha dicho que los padres maduros funcionan más como abuelos y que son proclives a dar todos los gustos en vez de poner límites. ¿Vos sos así?

-Yo creo que soy de la generación de los que hacían lo que querían los padres; de hecho yo tuve que rebelarme para hacer finalmente lo que quería. Y como padre… soy de la generación de los que somos como quieren nuestros hijos y yo me rebelo también a eso, no estoy de acuerdo con la mayoría de los padres que sólo quieren que los hijos sean felices porque como no saben a dónde mandarlos para que lo sean, los hijos no saben bien qué hacer. Yo tuve que ser actor con una exigencia suprema, para estar a la altura de lo que mi papá quería que yo fuera como profesional. Mi papá no quería que yo fuera feliz, quería que yo fuera un profesional y yo encaré mi profesión de esa manera: tenía que demostrarle a mi papá que lo que yo había elegido para mi vida era mejor que lo que había elegido él. Tenía una exigencia. En cambio, ahora los hijos, como no les exigimos nada, no tienen ese norte, están como a la deriva. Yo trato de trasladar la experiencia que tuve con mi padre a la relación con mi hijo porque a mí me sirvió. Fue un motor, durante varios años a mí no se me daban las cosas y mi papá decía: «Y bueno… él agarró para ese lado, por eso le va como le va… Si hubiera seguido para contador hoy tendría un trabajo y un buen pasar». Eso, en vez de llenarme de odio, me daba fuerzas para seguir adelante y demostrarle que estaba equivocado.

-¿Llegaste a obtener el reconocimiento de tu padre?

-Sí, sí. Mi padre falleció hace siete años y mi mamá, en febrero de este año. Ella no pudo ver su historia sobre el escenario, pero sabía que le estaba dando forma. Finalmente mis padres pudieron verme desarrollar y constataron que había elegido bien y está bueno que la vida me haya dado la oportunidad de poder mostrárselos.

-Estás próximo a cumplir 60 años, todo un número, ¿qué balance hacés de tu vida y tu carrera?

-Yo estoy donde soñaba estar, es más, ahora me pregunto: ¿habrá más que esto? Yo ya soy más de lo que me imaginaba. Cuando era chico y llegaba a mi provincia un diario de Buenos aires me ilusionaba viendo la cartelera de los diarios, soñaba que algún día sería actor y que yo estaría en uno de esos teatros. Estaba tan lejos… Y ahora conocer a todos los actores y que todos me conozcan a mí y que el público me acompañe en un espectáculo que escribí, produje y en el que pude elegir al director (César Brie), a la escenógrafa (Gabriella Gerdellics) y al músico (Pablo Brie), es mucho más de lo que alguna vez deseé. Ahora tengo una felicidad que no se puede creer, me siento absolutamente libre y reconocido por todos. Hoy no puedo más, me explota el corazón.

Por: Gustavo Lladós

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